El 28 de julio de 2022 me hicieron una colonoscopia tras el empeoramiento de los síntomas de sangrado rectal durante el año y medio anterior. La clínica iba con retraso, así que, tras 24 horas de preparación, la intervención comenzó a última hora del día. Me desperté de la anestesia con mi marido sentado a mi lado. Poco después de unas galletas saladas y un poco de ginger ale, mi médico entró en la habitación con un gran paquete en las manos. Robóticamente, me mostró imágenes del probable tumor maligno, de 2 centímetros de tamaño, que tenía en el recto.

Se disculpó y me explicó todos los números de teléfono a los que tendría que llamar al día siguiente para las exploraciones y las primeras citas. No recuerdo haber salido del recinto del hospital, ni el viaje en coche hasta casa. Recuerdo el entumecimiento, el abrazo de mi marido y el resplandor rosado del atardecer de verano cuando llegamos a casa.

Una llamada a última hora de la noche del día siguiente me confirmó que tenía cáncer, y que tendría que programar una resonancia magnética y una tomografía computarizada. Concerté las citas y mi marido vino conmigo a todas ellas. En una semana supe que tenía cáncer de recto en estadio III. Mi 42 cumpleaños fue el colofón de aquella larga semana, y estábamos demasiado asustados para celebrarlo. Participé en un ensayo clínico en el que me colocaron un dispositivo en el abdomen tras la operación de extirpación del tumor para registrar los sonidos intestinales que podrían revelar la rapidez con la que se estaba curando el intestino.

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