Debo mi vida a la investigación que redujo la edad de detección del cáncer colorrectal y me permitió hacerme mi primera colonoscopia rutinaria un mes después de cumplir 48 años. Lo que siguió fue un diagnóstico de cáncer rectal en estadio IV, un torbellino de innumerables pruebas y escáneres, visitas al hospital, segundas y terceras opiniones y profundas inmersiones nocturnas en la literatura científica. Mi formación en inmunología y biotecnología me ayudó a orientarme en el diagnóstico y las opciones de tratamiento, y me dotó de los conocimientos necesarios para defenderme y plantear preguntas pertinentes a mi equipo médico. El cáncer amplió aún más mi vocabulario con palabras que creía conocer y otras que no: Recidiva, supervivencia, NED, MRD, KRAS, BRAF, HER2, FOLFOX, neuropatía, ablación, metástasis, ensayos clínicos, duelo anticipado, caída del cabello y quimiocerebro. El cáncer también me introdujo en el mundo de la defensa y en una tribu de personas extraordinarias de todos los ámbitos de la vida, conectadas por hilos dorados de dolor, pérdida, alegría, rabia, esperanza y resiliencia. Aprovechamos nuestra experiencia colectiva para crear una comunidad que ofrece esperanza, consuelo y apoyo informado sobre el trauma. Llevamos nuestras velas individuales al mismo altar y proclamamos en voz alta: NECESITAMOS MÁS. Más pruebas. Más financiación para la investigación de pruebas, tratamientos y vigilancia innovadores. Mayor acceso a recursos integrales. Mayor equidad e inclusión. Mayor participación de los pacientes. Mayor apoyo a la salud mental de supervivientes y cuidadores.

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