Me lo diagnosticaron en septiembre de 2020, casi un año después de que me dijeran por intervención divina que estaba enferma. Mis médicos me hacían pruebas cada tres meses, pero nunca detectaron cáncer. Estaba bastante sana. Comía bien y hacía ejercicio. En aquella época fui vegetariana durante 20 años. No comía y sigo sin comer alimentos procesados, comida rápida, refrescos. No bebía, pero después de una señal de sangre en las heces. Mi médico pensó que no debía hacerme una colonoscopia.

Mi última colonoscopia antes de 2020 se hizo en 2017. Salió bien.

Gracias a Dios, seguí adelante, de nuevo con la intervención divina, a pesar de que mi médico no estaba de acuerdo en que me la hiciera. Después de la colonoscopia, cuando me dijeron que me sentara en la consulta del médico, supe que algo no iba bien. El médico me dio la noticia a solas. Uno de mis hijos iba a recogerme. No entré en pánico. Le dije a Dios que él iba a ocuparse de este problema, ya que la revelación de mi enfermedad procedía de Él.

Cuando llegué a casa, se lo conté al resto de la familia.

Programamos la cita con el cirujano, programamos la quimioterapia y la radioterapia, y aprendí a tomarme las cosas día a día. Creo que mi fe me ayudó a superar una situación que de otro modo no habría podido afrontar.

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