A finales de 2006 y principios de 2007 fue cuando empecé a notar los síntomas. En aquella época todavía me clasificaría como una persona activa, pero me cansaba con mucha más facilidad y recuerdo que pasaba incontables horas teniendo que ir al baño. Empecé a tener deposiciones frecuentes, a veces sueltas y también sanguinolentas (cuando digo que tenía deposiciones frecuentes, recuerdo que en un turno normal de 8 horas en el trabajo no era raro que me pasara al menos la mitad del turno volviendo al baño y que mis compañeros se preguntaran qué le había pasado a Eric). Pensaba: «Esto no es normal», pero lo atribuía a algo que había comido ese mismo día. Entonces tomaba algún medicamento para resolver la situación. Cuando eso no ayudaba, sabía que era más grave, pero seguía intentando convencerme de que con el tiempo mejoraría. Y no mejoraba.

Las primeras personas a las que acudí en relación con mis síntomas fueron mis padres, en parte porque entonces vivía con ellos y también porque tenían experiencia en la profesión médica. Si ellos no podían conseguir las respuestas, conocían a otros que sí podían. Así que me ayudaron a concertar una cita con un médico local que conocía mi padre. El examen inicial empezó con una evaluación y luego un reconocimiento médico. Después me hicieron una serie de análisis de sangre y de heces. Eliminaron el C-Diff como causa de los síntomas, pero mientras tanto yo seguía experimentando todos los problemas que he mencionado antes. Finalmente, el gastroenterólogo ordenó una colonoscopia. Recuerdo que la preparación fue la peor parte de todo el procedimiento, pero el procedimiento en sí fue indoloro.

La colonoscopia fue el 30 de abril de 2007. Recuerdo que en la sala de recuperación me desperté y vi a mi familia y seres queridos junto con el doctor Hecht, que realizó la intervención. Por su comportamiento y las expresiones de sus caras, me di cuenta de que algo no iba bien. ¿Por qué iban a pedir otra prueba como un TAC de inmediato? Oí mencionar el término colitis ulcerosa y pensé que ésa era la causa de mis problemas. Seguí adelante sin pensar mucho en la enfermedad. El 2 de mayo de 2007, el doctor Hecht vino a casa. Recuerdo que pensé que estaba allí para hablar de los problemas de salud de mi padre, pero pronto descubrí que estaba allí para darme mis resultados. ¿Por qué no pudo llamarnos por teléfono o enviárnoslos por correo? Estaba allí para comunicarme cara a cara, junto con mis padres, los resultados que cambiarían mi vida para siempre. Aquel día me diagnosticaron cáncer de colon en estadio III. Estaba desolada, pero no sabía cómo reaccionar. Mi cuerpo se entumeció y tenía una sensación de malestar en mi interior, pero sabía que aún tenía que intentar llevar una vida normal. Llamé a mi novia y estaba tan desolada como yo. El momento de la visita al médico no podía haber sido peor, ya que era por la tarde y en cuestión de horas saldría para presentarme al servicio como agente de seguridad. Mi madre me preguntó si podría ir aquella noche y, a día de hoy, no sé cómo lo conseguí, pero lo hice. De camino al trabajo me rondaban por la cabeza preguntas como: «¿Cómo le doy esta noticia a mi jefe?» y «¿Cómo se verá afectado mi trabajo?».

Desde entonces, en mayo, hasta finales de diciembre de 2007, mi agenda estuvo repleta de interminables visitas a consultas médicas, algunas a casi una hora de distancia. Mi madre fue de gran ayuda para conseguir conductores que me llevaran a las citas cuando ella no podía. Mi primera cita fue para una ecografía, que resultó ser uno de los procedimientos más dolorosos que recuerdo haber tenido. Ese mismo día solicitaron una resonancia magnética en un centro cercano y no sabía cuánto más podría soportar mi cuerpo. Después nos reunimos con el oncólogo y el radiólogo. Era el comienzo de un verano lleno de quimio y radiación: 6 semanas seguidas. Pensaba que sería capaz de trabajar durante los tratamientos, pero me aniquilaron por completo. No podía hacer casi nada después de mis citas matutinas, salvo volver a casa y ver la televisión.

Hubo una pausa entre mi tratamiento y la primera operación que estaba programada justo después del Día del Trabajo. El cirujano, el Dr. Gemlo, me extirpó casi medio metro de colon y luego me dejaron una ostomía temporal. En noviembre me operaron por segunda vez en menos de 3 meses para revertir la intervención que me habían hecho en septiembre y quitarme la ostomía. El cirujano dijo que me consideraba «curada», pero también dijo que mi cuerpo tardaría hasta un año en sanar. Hasta el día de hoy experimento problemas inesperados cuando como algo que no debería. Como consecuencia, he tenido que hacer algunos cambios en mi estilo de vida. He cambiado mi dieta y hago más ejercicio, para poder reducir el riesgo de recidiva.

Si he aprendido algo de esta experiencia, es que no puedes dar las cosas por sentadas, y que siempre hay un motivo para que algo ocurra, aunque no siempre sepamos por qué. Animo a los demás a que se hagan las pruebas, porque la detección precoz es la clave para evitar que otros padezcan una forma más grave de cáncer. ¿Y si no hubiera ido cuando fui? Podría haber sido mucho peor que el estadio III. Ahora, cada vez que miro hacia abajo y veo mis cicatrices, es un recordatorio de cómo Dios me ayudó a superar esto y, por el momento, estoy NED, sin indicios de enfermedad.

Superviviente destacado del Club del Colon

Eric apareció en el Colondar 2010, un proyecto de El Club Colón.