Tres semanas después de cumplir 45 años, decidí tomarme en serio mi salud. Lo que había descartado como la realidad de ser una madre trabajadora ocupada -y simplemente de envejecer- resultó ser un cáncer rectal en estadio 3.

Los síntomas habían ido apareciendo sigilosamente durante meses: necesitaba ir al baño con más frecuencia, notaba que mis heces eran cada vez más finas y, un día, vi sangre. Me convencí de que no era más que una hemorragia intermenstrual del DIU o quizá hemorroides. Al principio, mi médico estuvo de acuerdo en que probablemente era una de esas causas, pero aun así me pidió análisis de sangre y me recomendó encarecidamente una colonoscopia.

Una semana más tarde, me desperté de aquella colonoscopia con las palabras que me cambiaron la vida: Tenía un tumor en lo alto del recto y era cáncer. Al cabo de un mes, empecé el tratamiento y, sinceramente, ¡me siento mejor que nunca!

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